lunes, 6 de octubre de 2008

VIAJE A BRIGHTON

Una ciudad junto al mar, un mar grisáceo y aterido, inhóspito y a la vez cálido en su incomodidad.Calles estrechas con tiendas, rostros de una extrañeza sobresaliente que Bruno y yo achacamos sin dudarlo a siglos de rudimentaria alimentación, un dejo de pobreza en una ciudad venida a menos, en un país riguroso y clasista venido a menos, hermoso en detalles que aquí nos son desconocidos, a nosotros, pueblo hirsuto de cabreros. Ciudad junto a un mar sin olor, de un gris adustamente plano, con viandantes que comían berberechos sin concha en una tarrinita de helado. Hermoso el puerto, el Royal Pavillion, el roller coaster donde hablamos de los Beatles, de su helter skelter, la tristeza de una ciudad quién sabe si rica y sucia a propósito.Lugar de veraneo aristocrático y zonas residenciales bajo el lema “no convertiréis esto en un campamento de gitanos” que tan amablemente nos escribió un anónimo vecino al exponer nuestras toallas al tibio sol de agosto. Y por supuesto y sobretodo el apartamento grasiento, los muebles de plástico hinchables donde escribimos “Rocking chair” y tú grabaste, meses después de marcharme yo, aquellas dos canciones que tienen ya su lugar en la memoria: Rose-eater y Fancy a dip. Y la presencia incómoda, para mí, de aquella alemana que sólo quería ver el mar, despedirse del mar, como si todo en su vida fuera ver y despedirse para ver. Y las fabulosas second-hand bookshops, ésa en la que pregunté por la edición de los Rubbayyats de Omar Khayyam en la traducción de Fitzgerald-que a veces suena a Burns y otras a un Chatterton verosímil-, cuatro versiones a lo largo de los años en un intento de captar lo que se oye entre líneas, lo inasible, y el dueño me respondió mientras sostenía una sonrisa de connesseur incómodo ante el abusivo, o no, precio de un libro que sin duda había amado, “he´s a poet of the highest rank”-sin saber ya nunca si se refería a Khayyam o a Fitzgerald.

Escena final: el dueño de la librería y yo ante una taza de té comparamos las cuatro versiones de la traducción de Fitzgerald. Sonríe y su rostro cetrino se ilumina al citarle unas líneas de D´Ors en que habla de las semejanzas estratégicas entre Pirandello y Calderón

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