martes, 15 de abril de 2008

viernes, 11 de abril de 2008

PROGRAMA Nº25

ARQUÍLOCO DE PAROS


Dice Juan Ferraté, hermano de aquel Gabriel Ferrater del que nos ocupamos en un programa anterior y del que hay una correspondencia con Biedma que considero superior a muchos tratados de Estilística, que entre Arquíloco y Píndaro se observa la misma distancia que entre nuestro Arcipreste de Hita y Góngora, y añade: “y sugiero al lector que se tome muy en serio el paralelo.” No me detendré aquí en lo que el futuro lector, si lo hubiere, haya de saber en torno a nuestro poeta, pues si lo desea, nada más fácil que acudir a esos “Líricos griegos arcaicos” en la editorial Sirmio, o a la mayor “Líricos griegos arcaicos” en Alma mater, o a la “Historia de la literatura griega “ de Albin Lesky, si el deseo es ya irrefrenable. Sólo decirles que entre esos poetas elegíacos,yambógrafos, corales o monódicos, donde hay genios de la altura de Teognis, Solón o Safo, la figura de Arquíloco aparece , a mi entender, señera. Este hombre, que tuvo su acmé alrededor del 650 a.C, no muy lejos de Homero o Hesíodo, si es que ese dato nos puede decir algo, es autor de “restos poemáticos”, de reliquias de sentido- tal como un trozo de porcelana samian romana puede decir algo del jarrón que la envolvía- de una calidad superior. Lo que nos queda es, sin embargo, suficiente y contundente y, además, el mejor indicio de que en arte el progreso es cualquier cosa antes que avance o innovación, mejora o perfeccionamiento. Sólo decirles que la condena de poetas como Píndaro o Heráclito-y los dos son poetas en el sentido en que Wittgenstein es filósofo, lógico y matemático a la vez- es su mejor pasaporte para mi simpatía personal, a pesar de que cuento a los otros dos entre mis apetencias más desordenadas. El yambo, ese metro gamberro de la antigüedad, se prestaba con excelencia al uso y abuso descarnado de una personalidad hecha jirones, ambigua y decadente, si ese adjetivo anacrónico traduce bien la categoría “amejanós” arcaica, incapacidad desesperanzada y alejada de una virtud abarcadora, la de la “gloria”, insoslayable, ápice de la pirámide valorativa griega. Y a la vez es Arquíloco el poeta de la búsqueda de la medida, de una medida quizá distinta a la medida de sus contemporáneos, dotado de una escala distinta y personal. Escuchen:

Corazón, corazón, por pesares invencibles turbado,
Te levanta, y la hostilidad resiste echando en frente
El pecho, a los intentos del enemigo oponte
Firmemente; y no ,venciendo, en mucho te vanaglories
Ni, vencido ,en casa hundiéndote te aflijas,
Sino en las alegrías te alegra y en los males no te apenes
En exceso: sabe que tal es el ritmo que a los hombres tiene.


Disculpen el tono arcaizante de la traducción,. Reconozco que la de Juan Ferraté es más legible y hermosa, aunque carecezca de la dureza del original, una aspereza que, es verdad, me hace recordar a Juan Ruiz y también a Biedma, por alargar la boutade.Y si en nuestra época ya es ejemplo de candidez invocar la lectura de un trozo de poesía que no contenga las fórmulas de lo más reciente, imagino lo que será desearles el acercamiento a Arquíloco, y mucho más, premiarles con este “Himno al sol” descubierto por Vicenio Galilei en 1580, que procedente de manuscritos bizantinos, musica con ingenuidad maravillosa el gran Gregorio Panigua.

lunes, 7 de abril de 2008

LUIS DE GÓNGORA


A Góngora yo me lo imagino solitario, altivo, huraño, lleno de un orgullo cándido y a la vez insaciable, consciente de estar haciendo algo que el resto se niega a entender, a aceptar en lo que vale. La poesía de Góngora es hermana de las vicisitudes del Lazarillo, de los personajes del Quijote y de los Sueños de Quevedo. Se ha dicho hasta la saciedad que son el reflejo exacto de una sociedad en crisis, de un Imperio que se desmorona, la lengua en desintegración también. Es muy posible que todo sea cierto, pero no lo es menos que Góngora es uno de los frutos tardíos e hiperrealistas del Renacimiento, al fin y al cabo, sólo alguien que aspira a escribir en castellano como Virgilio en latín. Si nos fijamos bien- y es una tontería que Dámaso Alonso “tradujera” a Góngora para un imposible uso y disfrute nuestro-, el español de las Soledades o el Polifemo se entiende a la perfección con un par de nociones de sintaxis latina, pues su dificultad no es conceptual sino rítmica. No es casualidad que fuera una generación de poetas, la del 27, pero antes Cervantes o Mallarmé, los que más o menos entregados a ella celebraran al unísono la poesía de Góngora, pues en ella se celebra el ritual por excelencia de la literatura: el lenguaje reflejado en sus espejos. Góngora ha sido celebrado y repudiado a impulsos iguales y su reputación asciende o baja “según disposición del tiempo”, como quería Anaximandro. Y no hay que olvidar que Góngora fue autor de algunos de los poemas de corte popular más hermosos del Barroco. Decía don Antonio Machado que el lenguaje en Góngora era “enajenador”, y quizá también tuviera razón, en el sentido en que se podría decir de James Joyce o Juan Benet. En América el llamado “gongorismo” o “culteranismo” arraigó y se extiende desde Sor Juana Inés de la Cruz hasta la prosa de Lezama Lima. En España nunca son buenos los tiempos para este poeta, por muchos centenarios que de él se celebren. Sus poemas son una compleja urdimbre de temas y tonos en perfecta sintonía y de prodigioso armazón sonoro. Escuchen el principio de la Soledad Primera:


Era del año la estación florida
En que el mentido robador de Europa
—Media luna las armas de su frente,
Y el Sol todo los rayos de su pelo—,
Luciente honor del cielo,
En campos de zafiro pace estrellas,
Cuando el que ministrar podía la copa
A Júpiter mejor que el garzón de Ida,
—Náufrago y desdeñado, sobre ausente—,
Lagrimosas de amor dulces querellas
Da al mar; que condolido,
Fue a las ondas, fue al viento
El mísero gemido,
Segundo de Arïón dulce instrumento.


Qué humilde belleza y qué afán de máscaras, el barroco.
CRÓNICA DE UN VERANO
JEAN ROUCH/EDGAR MORIN




ENTRE LA FICCIÓN Y LA REALIDAD



Desde los parámetros existencialistas y con lente estructuralista, Rouch/Morin nos confrontan en esta película de 1961 con un ejercicio de conocimiento fílmico en el que la palabra y el cuerpo están perfectamente imbricados. Llegar al otro, percibir al otro es un acto comprehensivo en el que el cuerpo habla y el lenguaje incorpora, gesto a gesto, todo el espectro significativo. Desde los documentales etnográficos en Africa de Rouch llegamos a un ejemplo de cine- verdad que no pretende enfrentar la realidad y la ficción, como suele el documento, sino que los pone a funcionar sin límites previos. Así el hiperrealismo de lo narrado, su exceso, degenera en abstracción; la realidad, saturada, es, a partir de cierto momento, un mero acto de maquillaje, su máscara.Y si acaso creíamos erróneamente que ser veraz era menos facticio que actuar desde unas señales, acabamos entendiendo, tras el filme de Rouch, que la mayor ficción es un prurito de veracidad. Lo verosímil, to mesotés, donde la realidad y la ficción limitan,-el arte así el fin de una manera que en Grecia lo ampara todo, desde la ética hasta la política, también un plano de significación no “a la mano”. Imaginen una de las escenas finales: quieren los actores (que ya no lo son), en un cine,-pero son actores de otra película dentro de la película,desvaídos los márgenes de realidad- ver en sus máscaras veracidad, cuando los espectadores(también actores ahora) descubren la flagrante impostura.La charla final de Rouch/Morin es ejemplar. De nada sirve querer captar la realidad mediante un instrumento que tiene en su esencia una mera capacidad reflejante. Si la cámara interviene, es ya un personaje y su percepción está condicionada por lo que ve, nunca ya mirada inocente.En el cinema veritá sólo la desnudez antirrepresentativa (un rostro del pueblo extraído por Pasolini y que simplemente mira, hierático, inefable) o la dirección absoluta (los niños de Kiarostami) pueden remedar la verosimilitud. Eso se obtiene a cambio de no extraer conocimiento, sólo arte. Kant lo dijo a la perfección: el juicio estético no dice nada del objeto. No dice nada, sólo lo representa, lo imita, lo pone a funcionar delante de los ojos en una traducción eficaz de lo real. En los múltiples espejos de la ficción anida lo real. Basta con no errar el disparo.