domingo, 27 de mayo de 2012
LUZ DE ÁNGEL
LUZ DE ÁNGEL
I. Al caer la tarde, en su profundidad dócil, un encuentro de luces y sombras remite al cruce de una mano que saliera del lienzo y rozara la del contemplador. La tibieza entonces del aire sólo se halla reflejada adecuadamente en las páginas más puras de los espirituales de lo lumínico. Cualquier frase del tipo “la luz es la causa formal y eficiente de la belleza de todo lo visible…” serviría aquí de paráfrasis o bálsamo sin llegar a agotar del todo nunca el venero del que emergen. Entre dos torres, punteando sin esfuerzo el despliegue de la luz, un ángel de mármol , con la sonrisa apenas esbozada de quien se sabe eterno, una mano levemente en descanso a la derecha, la otra, en severo contraste, empuñando una espada con la delicadeza con que Judith cortaba la cabeza de Holofernes, puesta la fuerza en suspenso, el arma apenas esgrimida con la punta de los dedos. Si alzamos los ojos, una túnica armoniosamente rasgada, rota, enmarca el centro del pecho y abre la senda en vértice que dirige la mirada a las alas, una plena de luz, la otra semivelada por la sombra. El rojo granada madura de las torres contrasta con el blancor de la piedra, la severidad juguetona de las líneas con la mueca disuasoria de los pliegues.
II. Hay luces que rompen la vida por la mitad, igual que una tela a la que se le exige un sobreesfuerzo. A mí me ocurrió en Comillas, frente a su cementerio, un atardecer de invierno. Recuerdo el azul del cielo, un azul de una tersura que lo mismo podía corresponder a un espejo bebible que a una lámina de agua. Si había nubes, las había al modo en que un cubo de pintura blanca se esparce por un lienzo para luego pespuntarla con las manos o aligerarla con los dedos hasta lograr una superficie translúcida. Aguardé unos minutos, los justos para que el estruendo del mar a las espaldas del ángel se cruzara por unos segundos con la última porción de luz, algo así como el chisporroteo fugaz de una vela que se extingue. Y al clausurarse la visión, todo reubicado de nuevo en las sombras, en lo celado, me fue concedida la gracia de un instante agonal que sacudía de igual modo la conciencia y los ojos, la forma y el fondo de lo que miraba. Del negro surgió una luz diminuta que a los pies del ángel, entre el frío, lo inundó de una blancura apenas soportable, la misma a la que Rilke llamó “el comienzo de lo terrible”. Aquel fulgor bañó los ojos del mármol, endureció la espada antes apenas asida, tensó los músculos para recordar al contemplador que aquel era el reino de los muertos.
III. Aquella luz me cercioró de una cosa para la que yo aún no había logrado asidero posible, me confortó en lo más hondo sin dejar por ello de llenarme de esa mezcla de consuelo y pavor que precede al llanto. Pero no era un llanto común, era la lágrima que nace del anhelo de belleza, de pisar por vez primera los ejidos, lo extramuros. Y lloré desconsoladamente porque supe de una vez por todas que no había remedio, que aquello que me sanaba era también el prefacio de la extinción: la muerte sobrevolaba los muros, descansaba en los nichos su mariposa ubicua, pero no era de la muerte de los muertos, reino cerrado, sino de la mía, de la que me hablaba aquella luz. Y sin embargo, nunca antes había estado tan vivo, tan cerca de los dominios de la vida como en aquella ocasión, los pies apenas rozando el límite, siempre a prudente distancia de la verja llena de lilas de la entrada. Lo que fuera la belleza la luz me lo había revelado, y aquella sobreabundante luz hablaba en un idioma que surgía ante los ojos como el zumo de limón hace surgir su voz bajo la llama. Era fácil leer el mensaje en aquella geometría insoslayable. Decía :serás feliz, depón toda esperanza.
LUZ DE LABERINTO
LUZ DE LABERINTO
(Tres atisbos)
“Det är hans liv, det är hans labyrint.”
(Es su vida. Es su laberinto.)
(Tomas Tranströmer)
I. Hay luces que pasan y luces de hoja perenne que se quedan. Pasa la luz de los ojos conocidos, la luz que enseña su aleta unos segundos, se hunde bajo la amura y rauda desaparece; pasa la luz de las palabras una vez oídas, sonidos que gotean en la memoria, estalagmita, clepsidra ahora de silencio; pasa la luz de lo que hicimos, barca sin luces arrastrando su distancia. Pero hay una luz que sigue, una luz que entre allá y acá se alimenta de sí misma, igual que los ojos de Beatriz se nutren de la luz primera y Dante a su vez de los ojos de Beatriz, las tres conformando un hilo que tensa los tercetos hasta su primer esplendor. Es muy posible que estuviera en lo cierto aquel medieval, Roberto Grosseteste, de quien Edgar de Bruyne recoge lo siguiente: “la percepción de la luz…encuentro armonioso entre dos luces, la del mundo físico y la de la conciencia.”, y entonces esa luz sería algo así como un ser de dos mundos, a caballo de lo epifánico y lo oculto. Esta parecería ser la luz del arte, ese hilo de luz que se devana bajo un hipogeo mientras se enhebran las estaciones del mito, tiempo cíclico de lo que nunca sucede. Pues el arte es mito antes que logos, y como en él, el dominio de la forma no acaba con la investigación de lo celado, es más, en lo formal se contiene el impulso, la fuerza que hace emerger lo particular, lo separado que se encuentra individuo en un entorno formado, si bien desregulado, desarreglado. Pero ¿puede el doríforo suponer lo que él ya es y también lo particular no típico, el dolor que cada quien se topa y sanciona en lo velado, celado, celosía, cela? La celosía es la antesala de lo aún no visto, sólo atisbado en la imaginación, el misterio mostrado pero asemántico, pues sólo hay sema en la expresión de ese sema. Ser anfibio la luz, limen de la aventura del corazón y también su meta.
II. Se puede perder la vida en la procura de esta luz, la luz, o su eco, o el zumo de su zumo, respirando invisible en las grietas que conforman su vedegambre, en unos pies que danzan sobre el muro, unos dedos que parecen auscultar su propia factura. Stipo Pranyko pertenece sin duda a la estirpe de los buscadores de luz, una luz que con el tiempo y el oficio, el fondo y la forma del arte, no hay otras, ha ido desvelándose, debelándose, desnudándose hacia su “alezeia”, ese concepto del que nace todo, o mejor, ese no-concepto, pues alienta antes en el umbral, en los límites que en la plena ejecución, primero el acto de descorrer el cortinaje que la visión ya entregada y completa, impulso que niega lo precedente para viajar más lejos. Cuántas veces miraría en su infancia Stipo Pranyko el blanco de la masa del trigo purificado por el fuego hacia lo comible, el blanco de las cúpulas de su ciudad natal chorreando luz, una luz recién inaugurada pero siempre con anuncios de antaño. El sentimiento tangible de lo blanco, “el obsesivo blanco” en palabras de un poeta que le es caro, Ungaretti, es idéntico al descubrimiento de la luz, como el agua del río es idéntica al agua del mar al mezclarse ambas y devenir una en esa zona mezclada, agua a la vez entrante y saliente. El blanco, la luz en estado sólido, el mismo de la Porciúncula y los muros de Piero, de las cúpulas y las casas encaladas, Rovinj o Lanzarote. Pero con eso no basta todavía. Hay que escuchar a ese blanco, escucharlo como sólo se escucha una confidencia definitiva. Entonces puede emprenderse la travesía, ese es el instante en que se deshace la pavura de entregarse por completo en el hálito y puede descansarse entonces en “el olvido de la duración”. Creo recordar que Jean Renoir decía algo así como que la verdadera inteligencia era abstracta y que la mímesis o imitación de lo real sólo vino a vulgarizar las cosas, y aunque suene a contradicción, a desrealizarlas. ¿Quién sabe? Nada más abstracto que la luz, nada menos fable, y sin embargo tampoco aquí merece plantar las tiendas. Hay que seguir hasta el rincón en que, a distancias iguales, la luz se petrifica en cuerda, en cabo que conduce de estancia a estancia, ora amenazando con perdernos, ora con sacarnos de su coagulación propia. La luz coagulada asoma en cada lienzo de Stipo Pranyko, brota con naturalidad de hongo, madera de la madera, para luego aspirar a la visión por la escala de un instante detenido. Esa escala con frecuencia se halla entre las cosas: aquí una cuchara donde el momento arrecia, allí un despliegue de velas donde el viento guía al viento como solo remero, acá el tumor benigno de un halo que se alarga para anotar la distancia que separa la luz de la luz.
III. Cuando ya todo se ha mirado, cuando lo dicho y lo pordecir, lo visto y lo porver gotean silenciosos desde la bóveda, es el momento epifánico en que el blanco retorna a su escisión anterior,el abismo que separa el laberinto de su salida. En ese mismo laberinto Stipo me condujo de la mano un día hacia su centro, el “omphalos”, y ahí, bañados de una luz sobreabundante, dijo unas palabras que sonaron a mis oídos a salmodia, tal vez al sonido prelingüístico de la voz de la Sibila, cuando se escuchaba aquello que se había ido a saber además de aquello que nunca se sabría; de esa mezcla de gnosis y olvido ascendían a la superficie los mensajes. Porque convenía que todo esto yo lo supiera sólo un momento, lo justo para saber que nunca más querría escucharlo. No conviene conocer los fines; por eso, de la sintaxis parcheada, del vocabulario en exilio de sí mismo del hombre Stipo Pranyko, sólo he logrado retener el rumor de un oleaje muy sereno, más el olor que la visión. ¿Qué se podría decir frente a una desnudez tamaña? No sé nada de pintura, así que lo que yo me oigo decir es lo siguiente : mira, mira y oye cómo suena, porque esto se ha dicho de una vez por todas y no debe olvidarse. Qué importan aquí la técnica o el virtuosismo, cuando el meollo del asunto ha sido desandar lo andado, regurgitar siempre el mismo ofidio ante las mismas crías. Lo que esta pintura, o lo que sea, nos devuelve ha sido sometido a la sintaxis candeal de un destino mansamente devorado, ha hecho del hacedor un comedor de blancos, como el amante comía las cartas hechas trozos en la copa, en su cárcel de amor. ¿Qué pasaría si el constructor del enigma fuera a la vez el preso y el carcelero, el héroe y el minotauro, el arquitecto y el hijo que cae lentamente entre las aguas? Nadie verá un blanco de Pranyko sin saber que ése que es el blanco de la vida es también el blanco de la muerte, el amarillo Delft de la extinción. Yo presumo que lo que me dijo ese hombre en aquella gruta no divergía mucho de esto último: mira la luz porque no hay nada más que mirar, por tan poca cosa se da la vida, por este exiguo botín nos hemos desvivido. Puede decirse adiós en paz al arte cuando se saben estas cosas. Y aquí se da el milagro, porque lo que Stipo Pranyko ata y desata habla más de los ojos conocidos, de las palabras oídas, de las cosas hechas que de la misma luz, y sin embargo, bajo el olor a blanco asoma su pie lo sagrado, lo anterior a todo, la selva o el desierto de la luz primera. ¿Quién se atreverá a traducir esa luz, qué mano se hundirá entre las imágenes para sacar a la superficie la moneda del significado? Entre la vida y la muerte, entre lo desvelado y el olvido, la luciérnaga de lo eterno.
sábado, 11 de junio de 2011
sábado, 23 de octubre de 2010
jueves, 21 de octubre de 2010
viernes, 29 de mayo de 2009
PUNTO Y FINAL
Definitivamente decimos adiós al programa El Perseguidor. Gracias por habernos acompañado en este año y medio. Hasta siempre.
jueves, 12 de marzo de 2009
domingo, 1 de marzo de 2009
BATALLA EN LA LUZ
Sólo necesitan saber que Carlos Reygadas es un joven mexicano de 37 años que hace películas con una valentía y un talento inusado. Yo me atrevo a decir que he visto en sus películas algo de Peckinpah, algo de Sokurov, algo de Tarkovski, algo de Cassavettes, algo de Kaurismaki, algo de Buñuel, algo incluso de Dreyer. Sí, ya sé que son muchas las influencias que planteo y que quizá algunas no estén muy claras, pero no he podido evitar que Japón, Batalla en el cielo y Luz silenciosa me conmocionaran de una manera similar a como los directores que arriba menciono lo habían hecho anteriormente.Está Peckinpah por la manera en que los personajes reaccionan “a contracorriente” en las escenas de sexo, mostrando el lado oscuro y a la vez el más espiritualizador, el que hace estallar las costuras del prejuicio( ahí mismo está lo que pasa en las escenas de Buñuel que acontecen tras la puerta, lo que no vemos ((imaginen una película hecha de los trozos no filmados)); de Sokurov y por supuesto de Tarkovski, la emergencia de la luz que descubre, la luz epifánica reveladora de resquicios; de Cassavettes el diálogo anterior al diálogo, o el diálogo cuando ya ha muerto el diálogo; de Kaurismaki, la posibilidad de que los rostros sean más piedra que carne y no por ello menos humanos;
de Dreyer el hálito taumatúrgico que exhalan las palabras al ser traspasadas por la luz.La cámara de Reygadas visita a los personajes, les lame como una bestia hambrienta y muy dócil; ellos se dejan hacer y viven o buscan una muerte que a veces se demora en un atardecer o en una felación. La luz que emerge del sexo ilumina por segundos las ruinas de un mundo detenido, de una historia donde sólo se nos concede la limosna de los efectos, la caridad de las elipsis. Carlos Reygadas es un franciscano de la estirpe de Pasolini y la cara estática del “gordito” Marcos con Ana atrapada en su cintura, el cuerpo lascivo todavía, cosificado y a la vez espiritual, de la viejita de Japón, es otra vuelta de tuerca en la posibilidad de morir sin rendir cuentas, o al menos no demasiadas y sólo a uno mismo. La violencia no aparece más que en los ojos, la expresa la música antes que las manos, y cuando aparece es salvífica, una prolongación del sexo. Y sin embargo, Reygadas tendrá que hacer cinco o seis películas más hasta que se libre de todo el lastre anterior, pues aún se le adivinan los andamios y a veces es deliciosamente torpe. En cualquier caso, ojalá no pierda el aire monacal y subversivo que antaño recorría las películas de Bresson.
Sólo necesitan saber que Carlos Reygadas es un joven mexicano de 37 años que hace películas con una valentía y un talento inusado. Yo me atrevo a decir que he visto en sus películas algo de Peckinpah, algo de Sokurov, algo de Tarkovski, algo de Cassavettes, algo de Kaurismaki, algo de Buñuel, algo incluso de Dreyer. Sí, ya sé que son muchas las influencias que planteo y que quizá algunas no estén muy claras, pero no he podido evitar que Japón, Batalla en el cielo y Luz silenciosa me conmocionaran de una manera similar a como los directores que arriba menciono lo habían hecho anteriormente.Está Peckinpah por la manera en que los personajes reaccionan “a contracorriente” en las escenas de sexo, mostrando el lado oscuro y a la vez el más espiritualizador, el que hace estallar las costuras del prejuicio( ahí mismo está lo que pasa en las escenas de Buñuel que acontecen tras la puerta, lo que no vemos ((imaginen una película hecha de los trozos no filmados)); de Sokurov y por supuesto de Tarkovski, la emergencia de la luz que descubre, la luz epifánica reveladora de resquicios; de Cassavettes el diálogo anterior al diálogo, o el diálogo cuando ya ha muerto el diálogo; de Kaurismaki, la posibilidad de que los rostros sean más piedra que carne y no por ello menos humanos;
de Dreyer el hálito taumatúrgico que exhalan las palabras al ser traspasadas por la luz.La cámara de Reygadas visita a los personajes, les lame como una bestia hambrienta y muy dócil; ellos se dejan hacer y viven o buscan una muerte que a veces se demora en un atardecer o en una felación. La luz que emerge del sexo ilumina por segundos las ruinas de un mundo detenido, de una historia donde sólo se nos concede la limosna de los efectos, la caridad de las elipsis. Carlos Reygadas es un franciscano de la estirpe de Pasolini y la cara estática del “gordito” Marcos con Ana atrapada en su cintura, el cuerpo lascivo todavía, cosificado y a la vez espiritual, de la viejita de Japón, es otra vuelta de tuerca en la posibilidad de morir sin rendir cuentas, o al menos no demasiadas y sólo a uno mismo. La violencia no aparece más que en los ojos, la expresa la música antes que las manos, y cuando aparece es salvífica, una prolongación del sexo. Y sin embargo, Reygadas tendrá que hacer cinco o seis películas más hasta que se libre de todo el lastre anterior, pues aún se le adivinan los andamios y a veces es deliciosamente torpe. En cualquier caso, ojalá no pierda el aire monacal y subversivo que antaño recorría las películas de Bresson.
VIRGINIA BAJO LAS AGUAS
“Espero que todo vaya bien. Debemos tener paciencia. No puedo hacer otra cosa que llorar pensando cómo le pondrán en la tierra fría. Mi hermano ha de saberlo. Os agradezco vuestros buenos consejos. Ven, mi cochero.Buenas noches, señoras, buenas noches, dulces señoras, buenas noches, buenas noches.” Son palabras de Ofelia en la Escena V del Acto IV de Hamlet. Hay algo en esa mezcla de previsión y despedida que está en las mujeres creadas por Virginia Woolf, esa manera bifronte, jánica de mirar, también la de Eurídice a la salida del Hades. Mrs Dalloway, Rhoda, Mrs Ramsay, mujeres que cruzan vadeando día a día un río imaginario que desemboca en un río Ouse real. Es el año 1941 y ya han pasado los fastos de Bloomsbury, la brillantez de las líneas, mucho más patéticas bajo las bombas, escritas por George Edward Moore en su Principia Ethica, título de sabor analítico, sólo sabor, pues su aroma se remonta a Ruskin o a Walter Pater y los prerrafaelitas. Escribió Moore: “Con mucho, lo más valioso, que conocemos o podemos imaginar, son ciertos estados de conciencia que, de un modo aproximado, pueden describirse como los placeres del trato humano y el goce de los objetos bellos…Puede decirse que, en efecto, se trata de una simple verdad reconocida universalmente. Lo que no se ha reconocido es que constituye la verdad última y fundamental de la Filosofía moral.” Parecería que estuviéramos oyendo a Lucrecio o a su maestro Epicuro; pues bien, en ese ambiente se crió y educó Virginia, y mantener esa dicha fue su lucha a través de palabras y páginas que cada vez se fueron haciendo más impersonales, algo así como un suicidio por sintaxis. Hay páginas de Las olas donde Virginia se despide de nosotros, como Ofelia, y la voz se ocupa del resto, de guiarnos, verdadera Anagkí, Necesidad. Frente a la Virginia particular, la de Orlando por ejemplo, está la escritora que aspiraba a la obra máxima, una de las últimas hacedoras del “gran estilo.” Su hermana Vanesa Bell la pintó en un salón difuminado, con un rostro vacío de facciones. Esto lo vio Harold Bloom cuando dijo: “ Sus visiones no son privilegiadas …sino fatales, pues surgen en el límite donde la percepción y la sensación ceden a la disolución.” Virginia está asociada en mi recuerdo a Jane Austen, a Sylvia Plath, a Emily Dickinsom, a las hermanas Brontë.Entre 1915, con El viaje lejano, y 1941, con Entreactos, Virginia viajó desde los acantilados de Cornwall a las aguas del Ouse. Yo la veo siempre como en un retrato de 1902, con veinte años, de perfil, muy delgada, de sentimientos imprecisos y a la vez exactos, como habría querido Moore.
“Espero que todo vaya bien. Debemos tener paciencia. No puedo hacer otra cosa que llorar pensando cómo le pondrán en la tierra fría. Mi hermano ha de saberlo. Os agradezco vuestros buenos consejos. Ven, mi cochero.Buenas noches, señoras, buenas noches, dulces señoras, buenas noches, buenas noches.” Son palabras de Ofelia en la Escena V del Acto IV de Hamlet. Hay algo en esa mezcla de previsión y despedida que está en las mujeres creadas por Virginia Woolf, esa manera bifronte, jánica de mirar, también la de Eurídice a la salida del Hades. Mrs Dalloway, Rhoda, Mrs Ramsay, mujeres que cruzan vadeando día a día un río imaginario que desemboca en un río Ouse real. Es el año 1941 y ya han pasado los fastos de Bloomsbury, la brillantez de las líneas, mucho más patéticas bajo las bombas, escritas por George Edward Moore en su Principia Ethica, título de sabor analítico, sólo sabor, pues su aroma se remonta a Ruskin o a Walter Pater y los prerrafaelitas. Escribió Moore: “Con mucho, lo más valioso, que conocemos o podemos imaginar, son ciertos estados de conciencia que, de un modo aproximado, pueden describirse como los placeres del trato humano y el goce de los objetos bellos…Puede decirse que, en efecto, se trata de una simple verdad reconocida universalmente. Lo que no se ha reconocido es que constituye la verdad última y fundamental de la Filosofía moral.” Parecería que estuviéramos oyendo a Lucrecio o a su maestro Epicuro; pues bien, en ese ambiente se crió y educó Virginia, y mantener esa dicha fue su lucha a través de palabras y páginas que cada vez se fueron haciendo más impersonales, algo así como un suicidio por sintaxis. Hay páginas de Las olas donde Virginia se despide de nosotros, como Ofelia, y la voz se ocupa del resto, de guiarnos, verdadera Anagkí, Necesidad. Frente a la Virginia particular, la de Orlando por ejemplo, está la escritora que aspiraba a la obra máxima, una de las últimas hacedoras del “gran estilo.” Su hermana Vanesa Bell la pintó en un salón difuminado, con un rostro vacío de facciones. Esto lo vio Harold Bloom cuando dijo: “ Sus visiones no son privilegiadas …sino fatales, pues surgen en el límite donde la percepción y la sensación ceden a la disolución.” Virginia está asociada en mi recuerdo a Jane Austen, a Sylvia Plath, a Emily Dickinsom, a las hermanas Brontë.Entre 1915, con El viaje lejano, y 1941, con Entreactos, Virginia viajó desde los acantilados de Cornwall a las aguas del Ouse. Yo la veo siempre como en un retrato de 1902, con veinte años, de perfil, muy delgada, de sentimientos imprecisos y a la vez exactos, como habría querido Moore.
PRIMEROS DATOS DEL HUÉSPED
Me lo dijo un amigo, a la salida del cine, hace casi veinte años: “A veces, cuando yo ya estoy cansado y empiezo a aburrirme de mí mismo, cuando me he pasado con las copas y se me empiezan a nublar los deseos, entonces, cuando estoy a punto de irme a casa, oigo que me dicen al oído, igual que a Sócrates su daímon: No te preocupes, yo me ocupo. Déjame a mí. Y al oír esas palabras, me invadía tal placidez y felicidad que era como si todo el alcohol se evaporara, el cansancio se diluyera, y alguien, mucho más fuerte y mejor que yo cogiera las riendas de lo que soy” . Estas palabras a la vez magníficas y aterradoras las olvidé hasta que apareció, años después, un poemilla publicado en La Gaceta de Salamanca, un periódico local. Lo firmaba un tal Martín Mirarbueno, por aquel entonces estudiante con los jesuitas y experto en Francisco de Vitoria y en la filosofía neoescolástica de Bálmez. El poema estaba escrito en inglés y más que un poema a mí me pareció una especie de canción a la que han privado de la música. Decía así (y aquí traduzco a español) y su título era “El huésped de la 23”:
No te pongas así
Si el mes que dulcemente fluye
Pone una mesa inesperada
En medio de tu corazón voluminoso
Un nuevo inquilino deshace sus maletas
No te pongas así
Si la estación maleducada
Te presenta a ti la cuenta de otro
A primeras horas de la mañana
Prenderá fuego a la habitación
Es el huésped de la 23
¿Acaso no buscabas un lugar para esconderte?
No seas brusco ni malhumorado
Más bien humilde de corazón
Ya verás cómo al final
Os dais la mano
Es el huésped de la 23
¿Acaso no buscabas un lugar para esconderte?
Vamos hombre
No te pongas así
Él es un fugitivo
Y sabe que abril no va a durar para siempre
Es el huésped de la 23
¿Acaso no buscabas un lugar para esconderte?
Me lo dijo un amigo, a la salida del cine, hace casi veinte años: “A veces, cuando yo ya estoy cansado y empiezo a aburrirme de mí mismo, cuando me he pasado con las copas y se me empiezan a nublar los deseos, entonces, cuando estoy a punto de irme a casa, oigo que me dicen al oído, igual que a Sócrates su daímon: No te preocupes, yo me ocupo. Déjame a mí. Y al oír esas palabras, me invadía tal placidez y felicidad que era como si todo el alcohol se evaporara, el cansancio se diluyera, y alguien, mucho más fuerte y mejor que yo cogiera las riendas de lo que soy” . Estas palabras a la vez magníficas y aterradoras las olvidé hasta que apareció, años después, un poemilla publicado en La Gaceta de Salamanca, un periódico local. Lo firmaba un tal Martín Mirarbueno, por aquel entonces estudiante con los jesuitas y experto en Francisco de Vitoria y en la filosofía neoescolástica de Bálmez. El poema estaba escrito en inglés y más que un poema a mí me pareció una especie de canción a la que han privado de la música. Decía así (y aquí traduzco a español) y su título era “El huésped de la 23”:
No te pongas así
Si el mes que dulcemente fluye
Pone una mesa inesperada
En medio de tu corazón voluminoso
Un nuevo inquilino deshace sus maletas
No te pongas así
Si la estación maleducada
Te presenta a ti la cuenta de otro
A primeras horas de la mañana
Prenderá fuego a la habitación
Es el huésped de la 23
¿Acaso no buscabas un lugar para esconderte?
No seas brusco ni malhumorado
Más bien humilde de corazón
Ya verás cómo al final
Os dais la mano
Es el huésped de la 23
¿Acaso no buscabas un lugar para esconderte?
Vamos hombre
No te pongas así
Él es un fugitivo
Y sabe que abril no va a durar para siempre
Es el huésped de la 23
¿Acaso no buscabas un lugar para esconderte?
jueves, 26 de febrero de 2009
sábado, 21 de febrero de 2009
miércoles, 11 de febrero de 2009
jueves, 5 de febrero de 2009
sábado, 31 de enero de 2009
martes, 20 de enero de 2009
NAUSICAA
Hay un poema de Jorge Guillén que la celebra, y es el poemilla conciso y directo, un poco funcionarial,casi remedando lo que sería una traducción estricta hecha por un alevín de filólogo:
«¿Quién eres, oh bellísima
De tan cándidos brazos? ¿Una diosa
Descendida a una tierra de mortales,
O si sólo mujer,
A la par que los dioses?
Felices sean quienes te engendraron.
Mis ojos nunca vieron tal belleza,
Digna de Artemis, hija del gran Zeus.
Jorge Guillén, Homenaje
También en una carta apócrifa de Elpenor Frye recogida en Essays on the Reform of Customs and the Welfare of States de Joseph Langdon se recogen los versos que yo presento aquí en traducción tosca:
Y ahora
Tensando mi afán
La recompensa del relato
Vaso y vestido
Le di
Mudos
Ojos ya no le ven ni la fugaz estela
Cuenta Jünger que su primer libro iba a titularse El rojo y el gris, en homenaje a Stendhal, pero que como estaba leyendo mitología germánica por aquellos días decidió llamarlo Tempestades de acero.Ahí, en esa encrucijada de epítetos, hay que situar a Nausicaa, la de los blancos brazos, y a su padre, Alcinoo,rey de feacios, amantes de los remos. Esta muchacha aparece en la playa, donde juega a la pelota mientras se seca la ropa que ha ido a lavar, esa ropa que debió de ser multicolor y que yo imagino ahora blanca como en la imagen de Claudio Rodríguez, la ropa blanca no de su pureza sino de su “indolencia”, pues la pobre niña-mirémosla en el espejo de Antígona, que seguro que era como Nausicaa hasta que se le despertó dentro la voz de los muertos y entonces sería más como Juana de Arco- es acusada de perezosa por la misma Palas Atenea que inventa este ardid para que ella vaya hasta la playa..Entre Calipso y Nausicaa se levanta la esfinge de tela de Penélope, pero con un deshacer inverso, más luminoso en la segunda. No quiso el héroe aceptar a la niña, como tampoco había aceptado a Circe o a Calipso, le invocaban sin descanso las sirenas de Itaca, su esposa multijetiente o quizá sólo su fiel mastín.En compensación algunos quisieron desposarla con Telémaco, hijo de Odiseo, mas es recompensa exigua para las ansias de esta niña que debía de tener los ojos feroces de la Mónica de Bergman.Lo que me conquista es esa pelota que cae en un remolino y ,al gritar de las muchachas, cómo se despierta el cuerpo exhausto del héroe. Después de la tempestad se levanta el amor como catarsis deportiva –igual que en las películas de Rohmer-, y los blancos hexámetros, piel de siglos suave, llegan rodando hasta nosotros , como una pelota dócil, desde la eternidad. Queda, tras la lectura tantas veces repetida, un poso de melancolía que dura en los ojos igual que el amor epifánico de algunos sueños predilectos.
Hay un poema de Jorge Guillén que la celebra, y es el poemilla conciso y directo, un poco funcionarial,casi remedando lo que sería una traducción estricta hecha por un alevín de filólogo:
«¿Quién eres, oh bellísima
De tan cándidos brazos? ¿Una diosa
Descendida a una tierra de mortales,
O si sólo mujer,
A la par que los dioses?
Felices sean quienes te engendraron.
Mis ojos nunca vieron tal belleza,
Digna de Artemis, hija del gran Zeus.
Jorge Guillén, Homenaje
También en una carta apócrifa de Elpenor Frye recogida en Essays on the Reform of Customs and the Welfare of States de Joseph Langdon se recogen los versos que yo presento aquí en traducción tosca:
Y ahora
Tensando mi afán
La recompensa del relato
Vaso y vestido
Le di
Mudos
Ojos ya no le ven ni la fugaz estela
Cuenta Jünger que su primer libro iba a titularse El rojo y el gris, en homenaje a Stendhal, pero que como estaba leyendo mitología germánica por aquellos días decidió llamarlo Tempestades de acero.Ahí, en esa encrucijada de epítetos, hay que situar a Nausicaa, la de los blancos brazos, y a su padre, Alcinoo,rey de feacios, amantes de los remos. Esta muchacha aparece en la playa, donde juega a la pelota mientras se seca la ropa que ha ido a lavar, esa ropa que debió de ser multicolor y que yo imagino ahora blanca como en la imagen de Claudio Rodríguez, la ropa blanca no de su pureza sino de su “indolencia”, pues la pobre niña-mirémosla en el espejo de Antígona, que seguro que era como Nausicaa hasta que se le despertó dentro la voz de los muertos y entonces sería más como Juana de Arco- es acusada de perezosa por la misma Palas Atenea que inventa este ardid para que ella vaya hasta la playa..Entre Calipso y Nausicaa se levanta la esfinge de tela de Penélope, pero con un deshacer inverso, más luminoso en la segunda. No quiso el héroe aceptar a la niña, como tampoco había aceptado a Circe o a Calipso, le invocaban sin descanso las sirenas de Itaca, su esposa multijetiente o quizá sólo su fiel mastín.En compensación algunos quisieron desposarla con Telémaco, hijo de Odiseo, mas es recompensa exigua para las ansias de esta niña que debía de tener los ojos feroces de la Mónica de Bergman.Lo que me conquista es esa pelota que cae en un remolino y ,al gritar de las muchachas, cómo se despierta el cuerpo exhausto del héroe. Después de la tempestad se levanta el amor como catarsis deportiva –igual que en las películas de Rohmer-, y los blancos hexámetros, piel de siglos suave, llegan rodando hasta nosotros , como una pelota dócil, desde la eternidad. Queda, tras la lectura tantas veces repetida, un poso de melancolía que dura en los ojos igual que el amor epifánico de algunos sueños predilectos.
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